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xvrfranco en Sucedió en Návaros 06 de Enero de 2018

Sucedió en návaros: lA HISTORIA DE ABEL CAP -1

—Cámbieme, cámbieme por favor… 


Digo con la voz quebrada;  mis ojos están rojos llenos de lágrimas, la máscara se hizo muy pesada y cayó de mi rostro despedazándose en el suelo, no hubo nada más que cubriera mis secretos. Ella sólo está en silencio frente a mí, su cabello blanco cae sobre su hombro derecho, con una mirada penetrante y cristalina en cuyos ojos se reflejan las pequeñas flamas de las velas encendidas en diferentes altares con figuras extrañas. El olor a tabaco y ron mezclado con algo dulce impregna todo el lugar. En el centro de la habitación, sobre una enorme alfombra redonda con extraños símbolos, estamos nosotros. Yo de pie sin parar de hablar, algo hace que por mi boca se derramen todas las palabras que por años guarde para mis adentros. Ella está sentada en una pequeña silla de madera, muy serena y con una expresión neutral en su rostro. Si ella es tan poderosa como dicen los rumores entonces ella puede ayudarme a acabar con esto.





Ha sido un largo camino para un joven de 17 años recién cumplidos y un reducido presupuesto a su disposición. 1689 millas al sureste de casa, ahí es donde me encuentro, en la ciudad de Návaros. Vine hasta aquí sólo para verla; dicen que es poderosa, que nadie ha conocido nunca alguien como ella y es por todo lo que escuché e investigué sobre la misteriosa señora Marguetto que he llegado a esta ciudad. 


Posiblemente mi cama sigue perfectamente tendida como la dejé, sobre mi escritorio seguramente reposa el libro que desearía haber traído para leer en el camino y en el cajón mi móvil continúa en silencio, el cual he dejado intencionalmente para que no puedan encontrarme. Sin embargo, he programado un SMS para que mis padres lo reciban cuando sea domingo por noche y yo no haya aparecido. 


“Estoy bien y estaré mejor en cuanto regrese, por favor no se preocupen ni me busquen, volveré pronto. A”


He salido la madrugada del segundo viernes de noviembre, mientras caían los primeros copos de nieve antes de salir el sol. Es probable que mi hermana Annie haya encontrado la carta que deje bajo su almohada cuando antes de emprender mi viaje, pasé por su habitación a darle un suave beso de silenciosa despedida. En ella le explicaba que no dijera nada, yo volvería pronto sintiéndome mejor. Es por ella que, una vez la señora Marguetto me haya ayudado con mi problema, debo volver a casa pues ella se merece un hermano normal; mis padres se merecen un hijo normal e incluso yo... me merezco una vida normal.


Me pregunto ¿cuánto tiempo tardarán mis padres en notar que me he ido? Papá se va temprano a los juzgados así que seguro pensó que el holgazán de su hijo seguía durmiendo hasta tarde, casi puedo verlo pasar frente a mí puerta negando con la cabeza decepcionado y sin molestarse siquiera en tocar, pensando en cómo un hombre duro y poderoso como él ha tenido un muchacho débil y atolondrado como yo. Mi madre por otro lado si se preguntó por mí en algún momento, tampoco pasó a echar un vistazo a mi habitación, pensaría que me había marchado temprano a clases y luego de ese paréntesis para su primer hijo, regresaría toda su atención a Annie quien requiere de sus cuidados día y noche.


Llegada la hora de la cena y yo sin aparecer por casa, seguramente dieron por hecho que seguía en casa de Ray, mi mejor amigo y que me habría quedado a cenar y perder el tiempo con él; realmente el último lugar donde estaría es cerca de Ray.


Es lo bueno de ser un poco “cero a la izquierda” en la vida de la gente que te rodea, cuando decides salir del cuadro casi nadie se da cuenta de tu ausencia. Sólo si miras con más detalle te das cuenta que falta algo, y es entonces cuando repasas las sillas, las cuentas y ves que estan todas; repasas los adornos y los platos en la mesa y ves que todo está en orden, entonces das por hecho que es sólo cosa tuya, quizás el estrés del día y sigues como si nada, sin darte cuenta que no es algo sino alguien lo que falta en tu mesa. 


—No sé de quién me hablas.— Fue la respuesta del primer hombre al que le pregunté si conocía a la señora Maggie Marguetto, pero estoy seguro que sabía exactamente de quien hablaba pues me dejó con la palabra en la boca, yéndose casi corriendo y con una cara de notable espanto. Siendo quien era, y sí su mito ha sobrepasado las barreras de Návaros, es imposible que alguien no sepa aquí quién es Maggie Marguetto y dónde queda su restaurante, el Jubilee. 


Acababa de cruzar la frontera de la ciudad a las 3:53PM del sábado, bajo un cielo nublado y con sonoros truenos, pero afortunadamente sin lluvia. Al llegar, un antiguo pero bien conservado letrero de madera barnizada y letras bellamente grabadas reza:



“Bienvenidos a Návaros, fundada en 1717”

Al Navarés, bienvenidos a casa

Al Forastero, disfrute de la que puede ser su casa.



Cuando vi ese letrero y supe que por fin había llegado a mi destino, mi corazón se aceleró de emoción, la alegría de haber podido cumplir lo propuesto, la primera fase de mi plan; la esperanza crecía en mí, estaba muy cerca de mi objetivo. Me detuve a disfrutar de esta pequeña victoria, acaricie el letrero que me daba la bienvenida, que me daba aliento para continuar avanzando. traté de guardar en mi memoria esa textura firme, rústica y bañada en el rocío que el invierno lleva en el aire. Con el entusiasmo ardiendo en mi pecho me dispuse a buscar inmediatamente a la señora Marguetto, la ansiedad de liberarme de esto que pesaba en mi interior se hacía insostenible. 


Pregunté a varias personas, algunos como el primer señor dijeron no conocer a nadie con ese nombre, pero en sus caras de escándalo y otras veces de horror, se notaba que mentían. Una chica rubia me dijo que era mejor que nunca encontrara a esa mujer, era peligrosa; definitivamente no sabe qué seguir siendo como soy, puede ser aún más peligroso para mi que cualquier bruja. Nunca creí en hechicería, brujas vudú y esas cosas, de hecho es herejía según la gente de mi comunidad, pero cuando las opciones se te agotan, el Dios de tus padres no te escucha y en la vida no hay forma ni lugar para sentirte seguro, te ves forzado a saltar la barda y correr más allá de los límites, más allá de la mirada del Dios que te vio nacer, tu alma corre tan lejos como sea posible con tal de hallar una cura que te dé aunque sea un día de paz; eso es lo que pretendo encontrar en Návaros de manos de la señora Marguetto, una cura... una gota de paz. 


No fue hasta después horas caminando, con el cielo oscureciendose y luego de que una anciana haraposa me rogara notablemente alterada que no fuera con aquella misteriosa mujer, que obtuve una respuesta útil. Me senté en una acera bajo un enorme arce al que aún le quedaban algunas hojas anaranjadas, el frío del crepúsculo recorría las calles anunciando el fin del día. A mi espalda había una enorme reja negra de altos barrotes y al otro lado había un hermoso jardín, fue desde aquel enrejado que un hombre me habló.


—¡Eh! muchacho, hola.— Su voz era suave, con una dulzura paternal que yo no conocía, pues mi padre sólo tenía voz para ladrar órdenes y fuertes reproches, como si fuese más su soldado que su propio hijo. Me di la vuelta para comprobar que realmente se estaba dirigiendo a mí y así era. Su rostro hacía juego con su voz; rasgos finos, ojos azules muy claros y piel blanca como las primeras nieves del invierno. 


—Hola.— contesté amablemente poniéndome de pie y acercándome a la reja, todavía no sé porqué me acerqué de esa forma a un completo extraño, quizás el hecho de que nos separaba una enorme verja de hierro me dio una sensación falsa de seguridad, pero creo que lo hubiera hecho de cualquier modo si no estuviera esa barrera entre nosotros, aquel hombre me transmitía confianza, más que la que me podría transmitir mi padre en todos estos años. 


—Lo siento, no pude evitar escuchar que estas preguntando por Maggie Marguetto, ¿eres acaso pariente suyo?— dice con aire especulativo.


—No, solo he escuchado sobre ella y necesito...emm, ayuda.— No sé tampoco porqué le dije eso, sí sabía de quién hablaba, entonces sabía la clase de ayuda que buscaba. 


—Ya veo… ¿estás seguro de necesitar la ayuda de Ma’? 


—¿De quien?


—La señora Marguetto, pero sus amigos le decimos Ma’. 


¡Finalmente! Alguien que la conoce, y no solo que la conoce sino que es su amigo, el puede decirme donde encontrarla. 


—Entonces usted es amigo suyo ¿Podría decirme donde encontrarla?— dije con la esperanza floreciendo en mis palabras.


—¿A Ma’? En el Jubilee por supuesto, pero asumo que tampoco eres de aquí y no sabes donde queda… los forasteros que buscan a Maggie suelen hacerlo por dos razones, o sus intenciones son muy oscuras o su desesperación es muy profunda.— me miró a los ojos, y casi pude verme reflejado en lo claro de su mirada. Me sentí expuesto, como si él supiera mi secreto y estuviera viendo todo lo que llevo años tratando de ocultar; lo que me sucede, el porqué vine aquí. 


Mis manos sudaban y el pulso retumbaba en mi cabeza, tengo que responderle a este hombre para poder llegar hasta Maggie Marguetto. Solo pude soltar una pesada exhalación mientras bajaba la mirada.


—Lo segundo…— La tensión fluye entre el silencio de nuestra conversación, levanté la mirada y ví cómo el viento agitaba suavemente algunos cabellos que caían sobre su frente, sus ojos eran dulces y compasivos, como si la sinceridad de mi respuesta le hubiera llegado al corazón, puede que él también sepa lo que es estar profundamente desesperado.


—Encontrarás el Jubilee en el centro de la ciudad, luego de cruzar el puente de los leones.— explicó con claridad y continúo. —No preguntes directamente por Ma’, solo pregunta donde queda el Jubilee. Si preguntas por Ma’ sabrán la clase de ayuda que buscas, y para mucha gente eso es algo… digamos inapropiado.


Quizás si hubiese hecho eso en primer lugar, preguntar por el Jubilee en lugar de por la señora Marguetto, la gente no habría salido corriendo. Este hombre me ha dado la pista que debo seguir para conseguir mi meta.


—En verdad se lo agradezco, señor... 


—Harlow.


—Sí, gracias señor Harlow, Yo soy Abel, Abel Andersen.


—Espero que Ma’ pueda ayudarte Abel... no de la forma que estás buscando, sino de la forma que necesitas.


Sus palabras en aquel momento me hicieron sentir incómodo ¿de la forma que necesito? ¿qué otra cosa podría hacer una poderosa mujer como ella por mi? y quién es este hombre para saber la diferencia entre lo que necesito o lo que quiero, como si tuviera alguna opción; si he hecho este viaje es porque no la tengo. Fruncí el ceño poniéndome a la defensiva y a pesar de que había sido muy amable en decirme como llegar hasta la señora Marguetto, no pude evitar sentir que había trastocado mi confianza. ¿Qué puede saber él sobre lo que he venido a buscar? ¿qué puede saber cualquier persona que no esté en mi posición lo que se siente ser diferente? sentir que la vida que conoces solo es un puñado de dedos que apuntan, etiquetan y condenan si no haces algo para ser como el resto; por cambiar lo que sientes... por cambiar lo que eres.


—Adiós, Señor Harlow, gracias por su ayuda.


—Adios Abel Andersen, espero encuentres la paz que buscas.— Dicho esto con la misma amabilidad del principio, se da la vuelta y yo sólo me quedo viéndolo caminar hacia la enorme casa del fondo al pasar el jardín. En el fondo de mi ser, su última frase se vuelve un eco que resuena una y otra vez cuál campana de pregón; yo también espero encontrar eso... paz, al precio que sea.

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